París bien vale... una carrera en modo competición #DisneylandCelebration


"Ohhh, París, la ciudad del amor", aunque esto lo he escrito con la voz de Lumière no sé porque motivo. Mi particular Disneyland Celebration (A cada viaje hay que tratar de ponerle un nombre que vaya a la par aunque sea para uno mismo) que se convirtió en una triple celebración: la del 25 aniversario de Disneyland Paris, la de la Navidad (Que todos sabemos que sólo mola en Disney), y mi propio cumpleaños. Así que en las próximas entradas de este blog voy a hacer un repaso en varias entradas no sólo del viaje sino, sobre todo, de lo que me he encontrado tras varios años sin ir y tras haber estado en la Meca de los frikis de los parques temáticos como es Orlando.


Todo comenzó yendo al Aeropuerto-Madrid-Barajas-No-Pienso-Ponerle-Más-Nombres-Como-Que-El-Palacio-de-los-Deportes donde descubrí que el control de maletas hay a gente que le hacen lo del test de las drogas... que yo sospecho que es a la gente que ven con mala pinta en plan prejuicios absolutos pero me pareció cuanto menos curioso. Allí hablamos con algún virgen que era su primera vez en Disneyland, y eso me parece ¡TAN TIERNO!

¡Ya veo el Castillo de la Bella Durmiente! No, que es una nube con formas...

Nuestro vuelo no tuvo absolutamente ningún problema, salió a su hora y tardamos un suspiro. Pasamos del sol de Madrid, del cielo sobre las nubes con su atardecer hasta llegar a París con el frío y la lluvia para tener que bajar a coger un bus que nos llevara hasta la terminal... ¡Qué bonito es París! Allí si que hace frío y no lo que tenemos en España que es una rasca así como leve en comparación.

Aunque podría ser la Torre de Mordor no lo es pero lo parece, fue una de las pocas pausas para hacer una foto

Nuestro viaje se convertía en aquel momento en un París Express, sólo faltaba Paula Vázquez narrando la aventura. Y esta aventura tenía un tiempo estipulado. Lo primero fue tratar de encontrar cual era el RER que nos llevara hasta el centro de París, lo cual conseguimos tras dar un par de vueltas de 360º y acaparar varias máquinas de billetes. Descubrimos que en París también hay retrasos y que la hora punta, parece, que es diferente a la de España pero que el nivel de maromos por vagón también es grande. Llegamos a la estación en cuestión, que era como la de Príncipe Pío aquí, aunque en París les encanta poner pianos en las estaciones para que la gente se pare y toque. También tienen unas máquinas las cuales tienen tres botones, 1, 3 o 5 minutos, que lo que hace es imprimirte una historia que se lee en dicho tiempo. Flipis.

Notre Dame, ¿Dónde están las estatuas que cantan?

¿Y por qué la aventura tenía un tiempo estipulado? Porque al llegar a nuestra estación de destino descubrimos que las consignas estaban abiertas hasta las once de la noche. Así que tendríamos que estar un rato antes. Empezamos a caminar y caminar, nos paramos frente a una Escape Room que tenía pinta de ser de dinero (Desde la calle se veía como ocho sofás en una recepción muy grande), pasamos entre gente extraña, y, tras muchos minutos, llegamos a Notre Dame y a un árbol gigante delante de la famosa catedral. Una parada para foto por aquí, foto por allá, ver a gente haciendo yoga y otros tantos corriendo en pantalón corto que sólo daba frío verles.

En este punto París Express se convirtió en una emocionante carrera por llegar al punto de control que era la Torre Eiffel. Nosotros, los concursantes, nos dirigimos pensando que estaba mucho más cerca de lo que parecía... Pasamos de andar lento a pillar una marcha de media maratón, sin poder parar aunque viendo todos los barcos con gente que pasaban por el Sena y donde iban cenando, bueno y un bus también con gente comiendo dentro, que yo no lo comprendo, si cenas no ves el paisaje. Digo. Uno de los grupos acabamos avanzando más rápido y dejamos a los demás atrás haciendo Stories y comiendo creeps.

La Torre Eiffel... cuando nos alejamos saltaron chispitas muy bonitas en plan navideño

Y así la pareja de gallegos, un cantante y yo llegamos a ver la Torre pero ya teníamos el tiempo justo. Una obligatoria visita al baño, una obra, una acera no encontrada, casi un atropello en bici y conseguimos llegar al RER que nos devolvería a la estación de origen, bueno, tras un trasbordo y aprender como funcionan los andenes en París. Pero conseguimos llegar a tiempo, recuperar las maletas... aún por la falta de simpatía de las personas responsables del lugar, bueno y falta de ganas en la vida. Creo que ni apego por su trabajo, os diré.

Mensajes profundos en el RER parisino.

Nuestro viaje continuaba para llegar a Disneyland Paris. Un montón de máquinas que no funcionaban hasta que dimos con una que sí. Esto lo único que hace es demostrar es que la vida es una continúa Escape Room, así sin más... Así que sacamos los billetes y entramos, cambiamos de tren que nos llevaría al de destino. Si veis la foto inferior os daréis cuenta que hay unas orejas de Mickey para saber que esa parada corresponde con la de Disneyland Paris. Y ya por fin íbamos a poder sentarnos  y dejarnos llevar hasta la última parada.

¡Venga, un último esfuerzo y llegamos!

Para cuando subimos al tren, donde coincidí con otro de los amigos que venía al viaje y que estaba ya en el tren desde otro punto de París aunque en realidad venía de Berlín donde vive. Ya eran las 23:10h. Gracias a que ahora no hace falta roaming y nos cuesta igual que si estuviéramos en España, buscamos a ver las horas de cierre de los restaurantes y ¡Oh! ¡Surprise! No había ni uno sólo abierto cuando llegáramos. ¿Qué íbamos a cenar? ¿Estábamos caninos? Los gallegos, que ya los nombro como si fuera el nombre de guerra de los concursantes de Pekin Express, llevaban de contrabando unos cuantos bocadillos, sandwichs y yo sospecho que llevaban hasta una máquina de cerveza en su maleta... y nos dieron un pedazo como si estuviéramos moribundos. Y sí, llegamos a la parada de Marne-la-Vallée-Chessy...

Cuando llegas a la parada de Disneyland y no hay música Disney

...pero no había música de Disney sonando, y estaba oscura la estación. Habíamos llegado. Y había que salir corriendo porque el último autobús salía a las doce de la noche. Bueno, vale, que llegábamos bien pero queríamos seguir con ese rollo de concurso televisivo que nos habíamos montado en nuestra cabeza ("Hay una fiesta en mi cabeza" que decía Mireia) y así llegamos, agotados, al Explorers Hotel donde nos alojaríamos los próximos días y que está bien bonito, barco pirata incluido en medio de un comedor... pero a esas horas sólo una pregunta nos asaltaba la cabeza ¿DÓNDE VAMOS A CENAR?

Yo a las doce y media de la noche. Igual de gordo y con el mismo hambre.

Vimos a una mujer con unas pizzas que parecía que les había traído el del Telepi local, y pensamos lo de la comida a domicilio... o habitación. Pero lo que fue aún mejor es que la recepcionista, una chica majísima, nos dijo que si le decíamos lo que queríamos que ella llamaba que hasta tenía el panfleto del local en cuestión. Así que, tras unos tragos de ron cola y una hora de espera, acabamos cenando pizza como si no hubiera un mañana en plan fiesta del pijama para después irnos a sobar que ya al día siguiente tocaba ¡Disneyland! ¡DISNEYLAND!


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